El miedo

Llegar a media vida; y es que he vivido exactamente los mismos años en cada siglo. Ese momento en el que nos imaginamos estaríamos mejor, al menos yo sí que lo pensé, lo añoré, incluso lo busqué. Pero nada, ahora quizás llega la edad del miedo. Porque nuestros padres y los padres de nuestros amigos van cayendo como hojas de otoño, poco a poco uno a uno sin remedio. Porque miramos a los que nos quedan y no sabemos por cuánto tiempo y porque sabemos que les extrañaremos lo que nos quede. Sabemos que sin ellos será todo un poco peor, sabemos que ese amor que les tenemos será dolor dentro de poco y que intentaremos reconvertirlo en amor de nuevo, otro amor muy distinto, más adentro y con puntas afiladas que de vez en vez cortan y sangran.

Que miedo llegar al día que los amigos también nos falten, por que se cansaron, porque cambiaron, porque se fueron, se mudaron o murieron y sí esto último sucede que maldito miedo porque estaremos más solos que nunca.

Que miedo que aún sintiendo el tanque con tres cuartos de gas, a veces nos fallé la voluntad, las ganas y nos clave una lanza el recuerdo haciéndonos llorar. Que miedo no encontrarnos en las miradas de aquellos que nos han visto crecer y no les reconocemos, se han ido, son otros, nos hemos perdido, pero es así, nada aseguraba felicidad, si hubo alguna vez que apostar debía ser al negro, ese no falla, no engaña.

Que miedo cuando despiertas en soledad y lo ecos de una casa vacía y en la que las voces que lanzas sin sentido y que regresan para decirte que puedes contar contigo pero quizás con nadie más. Y llegan otros miedos porque los días que vendrán pudieran traer norte y no sur, porque no sabemos donde está el fondo y lo necesitamos para poder echar un impulso y volver a salir a respirar. Que miedo pensar en todos los años que han pasado, cómo pasó todo aquello, por qué tan rápido y es que tan solo ayer fui un niño sin ningún miedo.

Pero en cambio miro la vida de frente, queda mucho y nada por vivir, quedan risas, miradas, ojos que mirar en los cuales reflejarse, quedan abrazos y besos y más besos y más abrazos, que miedo no tenerlos. Quedan descubrimientos, quedan emociones, quedan llantos, momentos de orgullo, quedan incluso dolores por descubrir, quedan poesías que escribir en lienzos imaginarios y llenos de colores brillantes, llenos de fuego, quedan pasiones, quedan los amores que sembramos, que van germinando y quizás en el ocaso, aunque sea por un instante podamos disfrutar. Queda no caer herido de muerte por otro engaño, por otra jugarreta de la vida, queda terminar los sueños, queda también todo lo bueno que tuvimos y aunque se escurra como agua en la manos reconozcamos que al menos nos ha alcanzado para mojarnos los labios de esa savia llamada vida y que de tanta belleza que hay en ella un día tiene que morir. Quedan días para desobedecer al doctor y manos que sujetar en el camino. No queda tiempo que perder.

Que miedo dejar de hacer lo que nos hace felices. Pero me queda claro algo, que aunque algunas pequeñas cosas me llenan de miedo, no dejaré de caminar al borde del abismo, por que a lo único que jamás le he tenido miedo es a morir.