Te dejo mi ausencia. Suspira y observa la calma, la paz que tanto buscaste, la tranquilidad que ofrece el silencio de habitaciones vacías.
Te dejo el orden absoluto, límpidos espacios llenos de nada.
Te dejo el pensamiento de las noches de pasión y de los abrazos de invierno, las aguas del otoño, el sofoco del verano y los aromas de la primavera.
Te dejo en la quietud de los aires atrapados llenos de pasados y huérfanos de futuro.
Te dejo el chisporroteo de la fuente que nunca encendimos y que ahora gotea sus lágrimas de sal sobre una arena blanca y que no dibuja ya nada.
Te dejo la calma, me llevo la tormenta.
Te dejo el descanso para que el alma se regocije en tiempos inmóviles.
Te dejo las caricias, los besos y las risas, déjame llevarme el dolor.
Te dejo mi alma, ya no la necesito, extiéndela al sol y que seque. Que sirva de vela y te lleve navegando hacia la estrella del norte, que vuelve a la seguridad de aquello que quizás llames hogar.
Me voy con Caronte y como no llevo monedas que ofrecerle, espero escapar del Hades de nuevo para volver a la tierra como las otras veces. Siempre sorteando a la muerte, algún día tocará perder.
Me llevo los huracanes, los terremotos, los tornados y las golondrinas.
Me llevo los llantos, los gritos, la sangre, el fuego y el hielo.
Me llevo los negros, los grises y te dejo los blancos.
Me llevo mis pasos que no han sido capaces de alcanzarte.
Me llevo la lucha, la fuerza, la batalla y te dejo el triunfo. Espero se escuchen los vítores allá donde me encuentre, sabré que son para ti y esbozaré una sonrisa.
Me llevo el caos, el desorden, los trastos sucios, te dejo el mármol.
Me llevo las tristezas, las penas y las derrotas, te dejo la alegría.
He cerrado el lugar donde te guardo, ahí serás eterna en luz. Ahí podré ver tu mirada iluminada. Ahí podré escuchar tu voz y despertar tu sonrisa cuando necesite de ánimos.
Me quedo el tiempo y en él sentado, espero a que la niña blanca un día decida usar la guadaña. Mientras tanto viviré como siempre intenté, a toda prisa, sin pausas, exprimiendo cada segundo, cada emoción y cada verso; dejando que el fuego consuma todo, ya ves, al final solo éramos cenizas.