La noche del fútbol.

La noche del fútbol. 

Recuerdo con exactitud cómo te conocí. Caminaba teniendo 5 añitos por el club y de pronto detrás de una gran mata de flores te vi por primera vez. Ahí estaba ese maravilloso rectángulo verde y además estaba repleto de otros niños, todos uniformados de rayas blancas y azules, y sin saber qué pasaba dentro salí despavorido como quien ha visto a la muerte a los ojos, tenía que ser ya, ahí, en ese momento, busqué a mi madre y la arrastré hasta el verde y le rogué que hablara con aquel hombre que parecía dirigir aquello, yo tenía que participar de esa fiesta. 

No recuerdo bien el desenlace de mi primer entrenamiento de fútbol, pero me inunda la sonrisa recordar mi salida, pleno, feliz, como si me hubiera tocado la lotería, me sentía grandioso, enamorado, como flotando, aquello que alguna vi en la televisión, se podía jugar a mi edad y quedé ahí atrapado por siempre. 

Pronto llegó el mundial del 82, pero en mi casa, que no era futbolera, salvo por mi abuelo, casi pasó desapercibido para los que éramos muy pequeños, pero así, igual de rápido llegó el mundial de 1986 en México, en casa. 

Ambiente, festejos, partidos, fiestas y unas tarjetas de cartón que regalaban los comercios para ir llenando los resultados de los partidos y poder seguir los emparejamientos, mi primer álbum de cromos, fantasía pura y entonces después de un trayecto corto en carretera llegamos a Querétaro y ahí estaba él, hizo 4 goles en aquel partido y siendo como era ya mi ídolo de la niñez, mi corazón casi explota en un éxtasis que aún me eriza la piel, Don Emilio Butragueño, el Buitre. Ahí, justo ahí le juraba amor eterno al deporte más hermoso que el hombre había creado y me juraba que algún día yo sería ese héroe, en un estadio y que marcaría un bellísimo gol en un mundial. Luego “me chingué la rodilla” y no se pudo. 

Lo que sí se pudo, fue recorrer miles de campos, marcando cientos de goles, corriendo y defendiendo mi camiseta con pundonor, ese que me habían inculcado mis primeros entrenadores que hablaban del equipo como si lo fuera todo y de alguna forma me inyectaron en las venas ese veneno lleno de pasión y coraje que nunca se fue y que me pedía ganar siempre, a toda costa. 

De ese amor propio recuerdo mi primer gran gol, no por la factura, sino por que significaba que mi equipo ganaba la copa al marcar en el tiempo extra, de manera instintiva algo explotó adentro, una increíble sensación de poder, de alegría desmedida. Miraba al correr aquella tribuna repleta de gentes gritando y coreando mi nombre, como Butragueño. Felicidad pura, única, adicción inmediata. 

Los años pasaron y cada vez que me sumergía en el balón: amigos y un montón de enemigos; incluso hubo tiempos en los que se antojaba más calzarse una cota de malla y un buen yelmo en lugar de las botas. Las guerras con sus fantasmas de la adolescencia. Pero de hasta aquellos enemigos íntimos con el paso del tiempo algunos siguieron siendo íntimos pero ahora amigos.

Todo se lo fui debiendo al fútbol. Y es que en las turbulencias siempre fue refugio, fue la sonrisa en medio de la desgracia, el gol dedicado al abuelo caído y los guiños de los primeros amores, todo circundando en ese objeto blanco y negro que volaba y cuando lo hacía volar deseaba con ansias que regresara a mis pies para golpearlo como fuerza o con delicadeza, todo dependería del momento. Ese momento en donde el tiempo se detenía y se convertía en un filme en cámara lenta, una mueca, una amago, perfil, golpeo y un viaje despacio con giros simétricos trazando una elipse que parece alejarse pero que al regresar tomaba al guardameta desprevenido y entonces su cara de horror y un lance estéril, diana detenida por aquella red que de moverse conseguía hacer rugir gargantas. Carrera corta, festejo y abrazos llenos de pasión. 

Tiempo después “lo dejé”, vamos que la prioridad en ese momento era la enseñanza, con hijos pequeños la tarea era simple, enamorarlos del juego, llevarlos y corear ahora sus nombres y preferir el orgullo antes que la gloria propia y mezquina, No, ellos ahora y adelante. Para mi suerte, mi cambio al otro lado de la línea de cal fue bastante exitosa, con los amigos campeonatos y finales, haciendo jugar y con mis hijos de pronto como regalo inesperado clasificación y final justo el día de mi cumpleaños. Nervios en todo lo alto, padres, madres, abuelos, tíos, hermanos, todo el universo en ese pequeño campo. Los chicos temblando y yo en las arengas finales. Todo listo. A rodar y aquello fue tan dramático que tuvimos que definir en la tanda de penaltis. Como buen estratega faltando escasos segundos en el reloj hice un cambio en el arco y aquello resultó definitivo, mi improvisado arquero de uno con veinte se lanzaba como león a un costado sacando el último balón y entonces todo explotó de nuevo, como en aquel gol de 20 años atrás. Uno de mis hijos, curiosamente el guardameta sacrificado en el tanda, corrió a mis brazos y nos abrazamos para dejar sentir la adrenalina correr, lloramos de felicidad y al cabo de unos segundos me vi rodeado por más de veinte chamacos que probaron por primera vez la gloria. 

Un poco más viejo, regresé al campo a jugar con ellos ya más grandes y de vuelta a enseñar al más pequeño. También “cascaritas” de veteranos y una última liga de ancianos. A punto de cumplir los 50, pero me sentía en forma, comenzaba a recuperar sensaciones y regresaron las anotaciones, tomé la titularidad en el equipo apenas al segundo juego y de ahí a ver quién me sacaría. Ansiaba de nuevo esos jueves por la noche. Las tardes de partido me descubría imaginando un regate, un tiro, un amago… de vuelta a la felicidad y las sonrisas. 

Todo marchaba y veía en el horizonte una vez más un campeonato, un trofeo más y una explosión tardía que no imaginaba pero que estaba al alcance. Y de pronto un día, haciendo ejercicio en el gimnasio, un “clack”, un dolor muy agudo entre el pie y tobillo. Tan sólo estaba haciendo una plancha y no entendía como aquello era tan intenso. Por la mañana siguiente el dolor se intensificó y los días pasaron sin mejoría. Me reporté de baja por lesión ese jueves y al no ver cambios, cita en el médico. 

Radiografías y resonancias trajeron consigo la peor de las sospechas. El cartílago de mi tobillo izquierdo ya no existe, queda lo justo para caminar y con el tiempo eso también será un problema, Hablamos de cirugías y bla, bla, bla, o eso le escuché al doctor porque mi cabeza se había marchado ya. Volaba de regreso al verde, volaba trayendo de vuelta imágenes de jugadas, de goles, de pases, de amigos, de ilusiones, desilusiones, fracasos, victorias, uniformes, añoranzas, arañazos, patadas, golpes, suerte, mala suerte, sudor, sangre, lodo, mucho lodo y al volver el galeno pronunciaba la sentencia “no podrás volver a jugar nunca más”. 

Algunos meses más tarde llegan estas palabras, que tan sólo pretenden decir adiós. Que pretenden darte la despedida que mereces. Porque me lo diste todo y te dejé hasta la salud, no nos debemos nada y aunque nos queramos como nadie se ha querido debo dejarte en paz. No volveré al verde, no volveré a golpear la pelota, pero ahora, lo hago mientras sueño y ahí resuena la emoción perdida. Volveré a verte detrás de la valla cuando los míos jueguen y me traigan las emociones que no tendré por mi mismo. Te agradezco todas las enseñanzas y la disciplina y mucho más, te agradezco a cada una de las personas que pusiste en mi vida bajo pretexto de jugar al fútbol. Te seguiré mirando por la tele como siempre y siguiendo al mismo equipo, me conoces y sabes que hasta que deje de respirar será el de siempre. Mojaré mis ojos mirando las batallas que tengas para ofrecer y me contendré en silencio cuando te extrañe más que nunca, cuando me hagas falta para descargar la vida en el rectángulo mágico, cuando necesite disfrutar y reír y ya no estés más para mi. Miraré con envidia a los que siguen ahí, te lo digo en secreto pero es así, me gustaría ser yo el que corre tras la pelota. 

Te miraré siempre como quien mira el amor perdido sabiendo que no volverá, te amaré en la distancia y vigilaré de cerca a quien te maltrate o te maldiga porque tu eres pureza, tanta que eres capaz de unir al mundo, tanta que brillas y reconfortas a miles de millones de personas y eres en ocasiones la única sonrisa de los niños que no te tienen más que a ti. Confieso que alguna vez también sólo te tuve a ti y no me dejaste solo, me rodeaste de diez gladiadores más y fuimos a la batalla. 

Pero ahora ha llegado la noche, miro a lo lejos aquella portería que lo es todo y no es nada, pero que es el sueño de todos, el anhelo y la dicha. Lo miro en el horizonte lejano con el corazón en la mano y por fin te digo adiós, eres el mejor amigo que nunca tuve. 

Gracias por todo.