
Hace unas semanas, quizás muchos de nosotros seguimos el caso de un chamaco en España que no aparecía por ningún lado y el caso es que lo mató la novia del papá y todo aquello que revuelve el estómago al más duro. Y también vimos como un país entero estaba desbordado con la noticia. Sí, la violencia les duele, les perturba, los hace vomitar de miedo y de angustia, por más que estén en el otro extremo del país, por más que no hayan conocido a las víctimas. La violencia se percibe como tal y genera repudio y miedo en casi todo el mundo.
Ahhh, pero qué tal nosotros. Los mexicanos hemos normalizado tanto la violencia que nos parece tan común como ir a comprar las tortillas del día. Hace unos días, en un operativo en Monterrey, desde un helicóptero balearon a toda una familia, con niños pequeños incluidos y el país no está de cabeza por el asunto. No, se dice que es un daño colateral y punto, hasta que llegue el siguiente muerto para darle el mismo tratamiento.
Hoy no es tan raro que la violencia haya alcanzado a nuestros conocidos, familiares o bien, a nosotros mismos. Y es muy grave. También es muy grave que hayamos asimilado la violencia como parte de la vida misma. Es decir, que en México se observa a la muerte de manera tan común como si viviéramos en la antigua Roma y pasáramos por encima de un cadáver de un esclavo y nada más. El problema es que con siglos de separación y al parecer muchos desarrollos en materia cívica, nos sigamos matando como si nada y peor aún, que lo veamos y convivamos con ello de la misma manera que respiramos o vamos al baño.
Ahora bien, estamos en medio de campañas políticas y vemos como los políticos, han normalizado tanto el tema, que ninguno de ellos es capaz de centralizar un discurso sobre el tema. Para ellos es en sí y en su fuero interno es «daño colateral» y punto. Mientras lo importante es: que si este es honesto (todos los son, ya sabemos), que si este es gordo, estos prietos, este bicolor, este hace negocios con aquel… en fin, un discurso interminable, repetitivo, el mismo de todos los procesos. A mí, en lo personal, me preocupa que así como se normaliza la violencia, se traten todos los problemas como si por el simple hecho de existir no deban de ser atendidos.
Es común que las personas de mi generación, recuerden haber transitado las calles de su Colonia, haber visitado el parque cercano sin supervisión de un adulto. Es común haber regresado a casa chorreando sangre porque caímos de una bici y no porque nos alcanzó una bala. Y el punto es que hablamos, incluso con cierto aire de nostalgia, que hicimos de la calle nuestro campo de juegos y de sueños. Hoy hemos integrado a la violencia de tal manera que pareciera utópico que los niños pudieran estar solos en las calles. Eso si, desde el gobierno se envían mensajes (que algunas madres toman muy en serio) que hay que combatir la obesidad infantil, que no deberían los niños de estar con videojuegos y que es mejor que hagan ejercicio. Muy bien, señores gobernantes, regrésenos las calles y verán como volvemos a 1980, en donde los gorditos eran pocos y siempre les tocaba ser portero.